En el yoga somático no imitamos posturas desde fuera: las descubrimos escuchando el cuerpo desde dentro. Es una de las metodologías en las que me he formado y el hilo que atraviesa todo lo que comparto en Somae.
¿Qué es el yoga somático?
La palabra viene del griego soma: el cuerpo vivo, el cuerpo sentido, el que tú habitas y solo tú puedes percibir. Frente a la idea del cuerpo como una máquina que hay que corregir o moldear, el enfoque somático parte de que tu cuerpo es un lugar de información valiosa: cada sensación te está diciendo algo.
Practicar de forma somática es, sencillamente, prestar atención a lo que ocurre dentro mientras te mueves. Notar, sentir, registrar. Y desde esa escucha, dejar que el movimiento surja. No hay una forma «correcta» que copiar: hay un cuerpo —el tuyo— que sabe moverse cuando le das espacio y atención.
Orígenes
El término «somática» lo acuñó en 1976 el filósofo Thomas Hanna, aunque la idea es mucho más antigua: muchas tradiciones no occidentales llevaban siglos cultivando prácticas que hoy llamaríamos somáticas. Hanna distinguió entre el cuerpo mirado desde fuera, como objeto, y el soma vivido desde dentro, en primera persona. Esa distinción es el corazón de todo el enfoque.
Mi formación en yoga somático viene de la metodología Yoga Somático y Autocuidado (YSA), en la que me he certificado con Erika Paez-Manjarres. Es un método que se nutre de varias fuentes: la Educación del Movimiento Somático (en la línea de Lisa Petersen), el Body Mind Centering (BMC) y los principios del desarrollo del movimiento, además de la influencia de maestras como Donna Farhi y Amy Matthews, y de la filosofía del movimiento de Feldenkrais y del propio Hanna.
Los principios
Estos son los principios que guían la práctica somática, y que en Somae sostienen todas mis clases:
- Escuchar desde dentro (interocepción). Antes de mover, sentir. Percibir lo que sucede en el cuerpo y en qué parte sucede, como una forma de volver a casa.
- Cuerpo y mente son una unidad. Cuando el cuerpo siente, la mente actúa; cuando pensamos, el cuerpo responde. Al atender esa unidad se integran también lo emocional, lo energético y lo espiritual.
- Corporeizar. Atender tus propias sensaciones y encarnar la experiencia, en lugar de ejecutar una forma de memoria. Un proceso vivo, no una técnica cerrada.
- El esfuerzo sin esfuerzo. El apoyo y la comodidad con el esfuerzo justo, el mínimo necesario. Menos fuerza y más confianza.
- Autonomía y no jerarquía. Cada practicante es su propia maestra. Yo acompaño y propongo, pero eres tú quien reconoce lo que tu cuerpo necesita.
- La conciencia corporal como guía y agente de sanación. Traer la mente al cuerpo —y el cuerpo a la mente— nos lleva más allá de donde nos llevan las palabras o los patrones habituales.
Las bondades
Cuando la práctica nace de la escucha interna, los beneficios van mucho más allá de lo físico:
- Liberas tensiones crónicas que el cuerpo había aprendido a sostener, reeducando poco a poco el sistema nervioso.
- Calmas la mente y regulas el estrés, porque la atención al cuerpo y a la respiración te devuelven al presente.
- Ganas autonomía: aprendes a leer tu cuerpo y a adaptar la práctica por ti misma, dentro y fuera de la esterilla.
- Practicas con seguridad, respetando tus límites reales —especialmente valioso en procesos de salud delicados.
- Reconectas contigo: recuperas sensaciones dormidas y una relación más amable con tu propio cuerpo.
Cómo enriquece la práctica del yoga
Aquí es donde lo somático transforma el yoga de raíz. La asana deja de ser una postura que hay que «conseguir» y se convierte en una exploración. Cambia cómo llegamos, cómo permanecemos y cómo salimos de cada forma: no entramos empujando el cuerpo hacia una imagen ideal, sino sintiendo, buscando desde dentro las relaciones anatómicas, kinestésicas y energéticas que la postura despierta. La misma asana puede vivirse de mil maneras según el día, el cuerpo y el momento.
Esto tiene dos efectos profundos. Primero, la práctica se vuelve segura y sostenible, porque se adapta a ti y no al revés. Y segundo, se vuelve transformadora: al habitar las posturas desde todas tus capas de conciencia —física, emocional, mental, energética—, la experiencia deja un aprendizaje que permanece.
«Cuando estos principios se integran, el yoga deja de ser una serie de posturas y se convierte en un diálogo con el propio cuerpo.»
Algo más: el autocuidado
En la tradición YSA en la que me formé, lo somático va de la mano del autocuidado: la idea de que cuidar de una misma es una práctica legítima, cotidiana y también colectiva. El cuerpo se convierte en un laboratorio vivo donde aprendemos a observarnos, a hacernos preguntas y a tratarnos con generosidad y compasión. Ese cuidado no se queda en la esterilla: se filtra en cómo vivimos, cómo nos relacionamos y cómo estamos en el mundo.
Sea cual sea el cuerpo que llega a la esterilla, la invitación es siempre la misma: escuchar desde dentro, moverse con presencia y volver a casa.
